- ¿Alguna vez has sentido admiración por algo que no entiendes, y que apenas puedes imaginar?
- Algo así… como cuando tienes una imagen de algo que no conoces pero en lo cual crees ciegamente; puede que las otras personas se imaginen este ente abstracto diferente, pero tú sabes que está ahí, aunque no puedas realmente delimitarlo con tu mente…
- Sé a lo que te refieres pero no te estoy hablando de eso. Te estoy hablando no de un sustantivo imaginístico, no de un “algo” creado con propiedades entre cognoscibles e ininterpretables, sino de sentir admiración por un ente abstracto en sí mismo, no necesita tener forma, pero de alguna forma es bello.
- O sea que si tiene forma, no física, pero para ser bello tiene que estar adherido as algún sentido, ¿de que otra forma podría parecernos bello? Talvez un ejercicio matemático pueda parecerte bello, ¿a eso te refieres?
- No exactamente, pero me gusta lo que piensas. Linda, para serte sincero, aunque en parte te decepciones de mí, me refiero a tu mirada.
- Mmm… Eso si no me lo esperaba ¿no que no tenía forma? Mi mirada en cierto sentido tiene forma, yo me esperaba algo más difícil.
- No es como se ve tu mirada: aquí viene la parte difícil. No es lo que me quieres decir con tu mirada, no es la ternura ni el reflejo ni la profundidad, no es algo que veo con mis ojos, es algo que no puedo ni imaginar pero me parece estéticamente bello, es algo que sólo está en mi mente pero ¡sé que existe porque existe en cada uno de nosotros!
- ¿Mi alma?
- ¡No estoy hablando de un sustantivo!
- Ya lo sé… a veces es muy difícil entenderte, talvez sea mi deseo por ti…
- Casi…
- ¿Casi? ¿Me lo vas a decir?
- Es tu miedo
- ¿Crees que te tengo miedo?
- No es que me tengas miedo, es tu miedo en sí mismo. Tu mirada lo que me dice es que lo sientes, nada más, es el único vehículo que me lleva al siguiente paso. No es que me guste que me tengas miedo y no quiero provocarte eso.
- Pero ya me estás asustando…
- ¿Si ves? Ahora sé que está ahí, y por algún motivo, quiero que trates de entenderlo para que no creas que soy un tipo totalmente irracional. Ahora que sé que existe tu miedo, disfruto de él porque es hermoso. Una vez más, no quiero que me malinterpretes. No disfruto de que me temas, pues no es mi intención sentirme dominante sobre ti, eso no está cerca del placer que siento, es un placer meramente estético, desinteresado, es algo loco, lo sé, pero tienes que entenderme…
- Trato…
- No quiero que me tengas miedo, es simplemente tu miedo. Tu miedo es como escuchar canciones de pajaritos llegados hace poco del paraíso…
- Voy a pensar que me quieres mandar a mí al paraíso
- ¡Cállate!
- …
- No fue mi intención gritarte, es que no me estás entendiendo. No soy el loco agresor que disfruta de tu dolor. No tiene que ver con nociones sadomasoquistas ni religiosas ni nada por el estilo, yo soy meramente un espectador de tu miedo, y no me gusta porque te haga sufrir, tampoco porque sé que puedo rescatarte de tu miedo erigiéndome como tu salvador, ¡Todo eso está fuera de contexto! Tu miedo es como ver un cuadro, y no lo estoy viendo como un maldito psicólogo sino como el primer primate que se paro a contemplar las estrellas ¿entiendes? ¡El mono no quería comerse las estrellas, no quería aparearse con ellas, no quería ser su maldito dueño! Estaba feliz por lo hermosas que son, porque el desgraciado las vio hermosas, así es como yo veo tu miedo, es bello, pero jamás te haría daño…
- ¿Ni para escuchar los pajaritos…?
- No llores, tu miedo es algo especial, pero no entiendo como puedo verlo así… las canciones de los pajaritos son bellas y melancólicas, casi puedo escuchar su canción, pero no creo que te lastimaría por eso… ¿realmente hay algún ser humano que pueda ver los miedos de otra persona así?
Monday, April 16, 2007
Tus miedos son como canciones de pajaritos llegados hace poco del paraíso
Tuesday, March 13, 2007
De Occidente a Oriente (parte II)
La colonia se mueve aprisa, pero una niebla alrededor tuyo se encarga de distorsionar los objetos y las personas lejanas para que tus ojos únicamente enfoquen lo importante, Natalia. Eres parte de la colonia pero crees salir de ella. Sus movimientos son líneas oblicuas, tiene ritmo, armonía y melodía a la vez. Pero apenas puedes notarlo, porque ahora estás aislado, y más aún de ella.
Me encanta esa costumbre que tienes de disfrutar de las cosas después o antes de que hayan sucedido. Mera ilusión, vas a decir otra vez con una sonrisa presumida con cara de que conoces las respuestas de todas las cosas; y no sólo te crees capaz de eso, sino de que puedes contestarlas de una manera sofisticada. Estás equivocado, yo pienso que es una incapacidad el hecho de que no quieras concentrarte ahora en ella: en sus manos, en su boca o en sus palabras. Te veo y me da risa, sólo escuchas lo que dice para torear su respuesta y quererle demostrar quién eres ¡Saca un poco menos las plumas!
Me gusta esta heladería, queda cerca del fin del mundo, al igual que su casa. ¿La gente siempre es tan amable con ella? Vamos, no te sientas insignificante, recuerda que ella está contigo, y lo más probable es que si ella nota que el heladero le mira con variadas intenciones, también seguramente pensará que es bueno porque es una forma de redemostrarte cuanto vale, su PVP. Eso, atreviéndome a indagar atrevidamente en sus intenciones, pero sólo es una vaga adivinación, no me hagas caso, mejor mírala, se ve tan inocente… Sus ojitos brillan al oírte hablar. Sus manos pequeñas no sostienen el helado, lo equilibra mágicamente, lo hace flotar. Su lengua se baña de frío y de sabores. Lo siento, no puedo dejar de hablar de ella sin adherirle un adjetivo de adorno. Te toca equilibrar la temperatura ¿no? Yo me estoy ahogando de calor, sin poder beber un helado, sin poder siquiera beber de ella. Si miraras al cielo en este momento te darías cuenta de que estamos cerca, muy cerca del mediodía. El calor la tiene vulnerable y a ti te ha hecho perder delicadamente la paciencia, ya no miras sus palabras, sino sus labios. Bajo el sol, caminando hacia su casa en este pueblo donde las almas parecen haberse evaporado, estás tú, ella y la pared. Y las sombras también parecen haberse evaporado, pero ahí estamos, simplemente escondidas bajo el suelo, esperando a que el sol deje su puesto de guardia en el punto más alto del cielo, en toda su seca y monstruosa gloria. Es por ello, la luz simplemente ciega mis ojos y no me permite ver el momento en que la lanzas contra la pared, tomas sus muñecas y las clavas, la crucificas contra el muro. El sol y sus malditos 90 grados, en el punto de equilibrio, ahora sólo depende de ti elegir el curso que tomará…
Es la una de la tarde y el sol cae por el occidente, que extraño, y yo sigo mirando como caminas frustrado junto a ella. Te mira con lástima, y no sé si fuiste tú o si fui yo quién dejó sus muñecas amoratadas. Hoy no ha sido mi día, y aunque ha sido el tuyo, tampoco fue bueno para ti. Tú eres el perdedor, el que se deja dominar por el miedo, el que planifica los discursos, ese que va ahí, llegando a la casa de Natalia con los bolsillos en las manos, con unas casi lagrimas redibujando y refractando el iris. Ella llega a su puerta, tu sumisión provoca su lástima y antes de que cierre la puerta se te ocurre decirle: “Naturaleza es un poema de secretas señales misteriosas”. Ella te dice: “cuídate” y cierra la puerta de su casa.
Está bien, no voy a atacarte ahora, sé que no ha sido un día fácil, lleno de tensión acumulada y no descargada lo suficiente. Si sólo el sol hubiera decidido caer por el oriente. No te lo estoy echando en cara, pero estoy seguro de que yo la hubiera dominado. Vamos, si te consuela, ponte a pensar en Natalia, imagina que la tengo en mi cama, imagina lo que yo hubiera hecho con ella. En un atardecer totalmente oscuro en mi cuarto, cuando las últimas luces se apagan con el crepúsculo, trata de ver como yo le hubiera desgarrado la ropa. ¿No te hace sentir mejor? A mí sí.
El camino de regreso es aún más largo, y ya no te va a importar que el mendigo más apestoso se siente a tu lado en el bus. Escuchando esa odiosa música ranchera el mundo no se hace más aceptable, y peor con tu rostro de perdedor. Emanas debilidad, y por eso el mundo te odia un día más, como siempre que el sol desciende por tu lado. Está bien, no me hagas caso, igual, que importa, las sombras son solamente cuerpos bidimensionales.
En tu cuarto, lamentablemente el sol ilumina igual que en la mañana, sólo que ahora desciende. La soledad de tu cuarto perenne ahora asfixia, y verte acostado boca abajo con tu cara envuelta en la almohada en la que se mezclan tu saliva y tus lágrimas… ¿Cómo esperas que bailemos bajo la luz de la luna y cedamos el control a las ilusiones de la noche? Dormiremos una vez más, pero mañana no te levantarás temprano pues el sol no saldrá por tu ventana y simplemente yo me despertaré con ganas de suicidarme. Mañana, el sol no se verá hasta el mediodía, y esta vez, si sobrevivo a mí mismo te ganaré la partida. No te odio, es sólo que no trabajamos en equipo, el día perfecto es el que va en contra de la costumbre. Esos días en que el sol recorre el cielo de occidente a oriente.
Saturday, March 03, 2007
De Occidente a Oriente (parte I)
Abres los ojos, te levantas; no los vuelves a cerrar. Eso pasa en aquellos días en que la luz del sol entra por tu ventana, cosa muy rara en una habitación apuntando hacia el occidente. Vas y regresas, caminas en círculo. Embriagado con el pasado y el futuro: ilusiones me dirías, ahora yo te lo reclamo: eso te embarga de felicidad.
Así pasó ayer ¿recuerdas? Te despertaste a la misma hora de siempre sólo que no te quedaste en la cama, sino que recordabas lo mismo que anoche para consolar tu sueño. Ahora es igual, tu madre no puede dejar de notar la sonrisa en tu rostro y tú tratas de fingir austeridad. Las madres no son tan subestimables: Vas a ver a Natalia.
¿Por qué demoras tanto en el baño? El agua resbala miles de veces y surca los mismos caminos de tu cuerpo antes de pasear por la tubería. Lo que pasa es que piensas en lo que va a pasar más tarde cuando te encuentres con ella, allá tan lejos por donde queda su casa, y piensas en lo que va a decir, pero eso es difícil, es más fácil pensar en lo que tú vas a decir. Apuesto a que cuando te secas con la toalla ya tienes uno que otro discurso en mente, cada uno con unas cinco posibilidades diferentes de respuesta… Pero las olvidas, y yo sé que es mentira cuando me dices que prefieres la sorpresa.
“Naturaleza es un poema de secretas señales misteriosas” apuesto a qué se lo vas a decir, pero espero que no te decepcione el hecho de que no lo entienda. Se lo vas a decir y ni siquiera te has preguntado si crees en ello. Yo pienso que es al revés, que el poema es una naturaleza de señales misteriosas, pero no me hagas caso, no dudes de tu discurso prefabricado; así no la sorprendas, al menos ella lo fingirá.
Si, todo es un circo, hasta tú eres parte de él cuando piensas en eso mientras miras a las hormigas del patio llevando y trayendo comida. Me molesta que sigas divagando sobre lo mismo hasta que te das cuenta que estás subiendo al bus y no has sacado los sueltos del bolsillo y el cobrador te mira con mala cara. Déjame adivinar que te viene a la mente: “fue mi culpa”. No sé como ver eso, talvez como muestra de humildad. Incorrecto. Es una muestra de un ego inmenso, maldita sea, crees que el mundo gira alrededor tuyo.
Bueno, ahora toma asiento rápido, tu percance con el cobrador no te va a dejar mirar hacia arriba por un tiempo. Si en este momento te preguntara en qué estoy pensando seguramente me dirías que tú me pareces predecible. Pues aciertas y te equivocas a la vez. Pero dejemos esa discusión para más tarde, mejor pon tu mente en algo más relajante, en algo que te haga sentir bien. Me parece una decisión correcta, eso de ponerte a pensar en Natalia. Claro, el tema abarca muchas posibilidades.
Por ejemplo, no es momento de ponerte a pensar como es ella en la cama. Estás en un bus, irresponsable. Te propongo un tema: ¿Será que ella piensa en ti más que tú en ella? Es un tema extenso, que en realidad no sirve de mucho, tomando en cuenta que hay muy pocas probabilidades de que atines, pero al menos te mantendrá ocupado durante un largo tiempo. No te decepciones tan rápido, no digas que es imposible saber, ¡claro que es imposible! ¿y qué? Ya eres lo suficientemente maduro como para saber que no se puede tener nada por seguro.
El camino es largo pero los minutos no bailan en fila sino que marchan en columna, y ves pasar cada segundo, uno tras el otro. El sol sigue en el poniente y en acenso, es uno de esos días. ¿Qué tal si miras ligeramente a tu alrededor, no muchas personas deben recordar tu incidente, además deben tener mejores cosas que pensar. A tu lado, en la otra ventana esta ese pequeño niño que te mira con curiosidad. ¿Te recuerda a ti mismo? Ese no te salió con un hilo de soberbia “bicho raro”. Los niños entre sí no suelen ser muy distintos, al menos no van pensando en si ésta o aquella persona son buenas o malas. Yo también odio esas dos palabras pero no me queda más que usarlas.
Bueno, a tú lado se acaba de sentar una señora. Lograste engañarme y parece que a la señora también. No sé si finges ser amable o si realmente lo eres, la señora preferirá creer lo primero mientras yo lo segundo, y tú sigues en ese neutro, lo que nos une en una plataforma de observación distinta a la señora y a mí. Desde ahí, esta mujer que debajo de ese rojizo opulento talvez oculta algunos pares de hebras plateadas y yo, te observamos con una compasión casi noble, ambos sabemos que hubieras preferido que junto a ti se siente una mujer fresca y entera.
Pero la buena dama no te conoce tan bien como yo, y sé que la única diferencia que hubiera existido entre ella y la veinte añera es una cantidad ínfima de sudor en tu frente, una sonrisa disimulada y una fricción intensa, ligera y disimulada. Vamos, yo sé que nunca le hubieras hablado, y si te gustaba, probablemente ella tampoco a ti. No le culpes a la ciudad de fría, debe ser algo más relacionado a las costumbres, de esas que van perdiendo el significado, en fin, yo no sé…
Llegamos. Esa extraña sensación; ese extraño cliché. Vuelve a tu centro, ahí está, mírala, dime que recordabas esos ojos entre amarillos y castaños. Del color de un árbol cuyas raíces bebían oro. Su piel no se puede describir ni sus cabellos negros que aunque lacios envuelven un espacio infinito ¿Si llegas a tenerla, me vas a dejar disfrutar de ella contigo?
Wednesday, February 07, 2007
Roterdot
Al entrar al edificio abandonado de Roterdot, éste sólo reflejaba como un espejo la expiración de la ciudad. Se me escaparon unas lágrimas, aunque inútiles, así también inevitables. Por unos pocos segundos se cruzó por mi mente la idea de dar la vuelta y correr frenéticamente aunque sea hacia otra muerte, una camuflada por un sueño (aunque ya había perdido incluso esa capacidad). El edificio lleno de moho con sus paredes amarillentas sólo era un epíteto de la ciudad asolada.
Con un pertinente temblor en las piernas empecé a subir, cada vez más despacio las escaleras del viejo edificio que envejecía conmigo, así como los niños que envejecen ante el fallecimiento de la esperanza; en la torre la luz amarillenta maduraba cono el queso al entrar. Como iba contando los escalones, fue en el decimoséptimo donde escuché el primer grito:
- ¡Nunca hablaré de esto Roterdot, jamás!
Me paralicé por completo. Ahí estaba. Y yo, dirigiéndome hacia él. ¿Cómo es posible que dentro de mis venas aún fluya el miedo? La resignación yacía borrosa lejos; de mi mano caminaba la desesperación, la locura… y de la mano de ellas reinicié mi camino, lo merezco, todo por Luciana.
- ¡Roterdot! Mis venas consagrarán mi juramento, ¡acepta mi juramento!
Que gritos tan terribles, el grito de aquel hombre que es el terror en sí mismo, de quién decían que su mirar reducía a los hombres a tímidas palomas, el dueño de Luciana. Sus gritos llenaban las paredes de un miedo, que a su vez hacía gritar a ellas mismas, lo que producía un eco caótico al que no sé que condición sobrehumana me permitió resistir.
Ascendía por las escaleras maquinalmente, y el metrónomo de mis pasos me llevó sin duda a mi destino, estar parado frente a la puerta entreabierta donde él estaría. La puerta me eligió. Al abrirla la luz del sol me llegó directo hacia los ojos y un líquido lleno de vida mojaba las paredes y reflejaba las caricias naranja del atardecer. Era la sangre de Lucía…
- ¡Roterdot, desdichado testigo de mi dolor! Jamás nadie volverá a hablar de esto, te lo juro! Yo… ¡te lo juro!
Cuando el brillo se disipó entonces la cruel escena se reveló con toda su fuerza. Los pétalos rojos liberados del jardín conductor de vida de Lucía decoraban todo el lugar. ¿Por dónde se le escaparía la vida? Estaba herida por todas partes. Lo único que mantenía junto todo su cuerpo era él, quién lloraba desesperadamente; no sé como la habitación no estaba inundada con ambos líquidos entremezclados.
Ahora formaba parte de la escena, pero ajeno a ella. No estaba mi presencia o no importaba, él jamás me miró, aunque sabía que yo estaba allí, aunque era por mí por quién la había matado. Lucía, ¿qué es la vida y como pude quitarte ese algo que tú me diste? No pude evitarlo, era en ese momento tan sólo un insecto encantado en este tartáreo jardín escarlata.
Una disonancia al otro lado del cuarto me despertó del delirio. Era Roxana, encogida en una esquina tratando de hacer su respiración inaudible. Pobre muchacha inocente, al fin tenía la apariencia de la niña que era, igual que tú Lucía. Querían ser mujeres de mundo cambiando un poco de su ser a los hombres quienes a cambio les ofrecían una miserable herencia. El mismo número de latidos que ellos ganaban al poseerlas, ustedes perdían. Eso hizo Lucía con ese hombre y tan sólo una vez conmigo, Roxana con no sé cuantos. Mal truque Lucía, por mí cambiaste todos tus segundos, por un grillo que ni llegaba a luciérnaga.
Roxana me miró y sus ojos divagaron entre sentimientos idénticos de miedo. Silenciosamente la tomé de la mano y traté de levantarla. Se negó, con un susurro ahogado me dijo:
- Nos va a matar no entiendes, ¡entiéndelo inconsciente!
Tenía razón, estábamos muertos desde que fuimos descubiertos, yo como traidor, ella como cómplice. Pero me perturbaba tanto la imagen de una niña sin esperanza, ni siquiera podía imaginar eso como ficción. Tenía que regalarle algo, tenía que alimentarla con una ilusión.
- Vamos, no seas inconsciente, ahora podemos huir.
- No, no entiendes nada…
- ¡Roterdot! – se escuchó en el fondo vibrar y Roxana no pudo contener el llanto.
Ese grito se metió por los poros y nuestros huesos parecían campanas gigantescas por la forma de vibrar, perdían su dureza; no obstante, tomé a Roxana, la subí en mi hombro y salí del cuarto fingiendo ser silencioso, como si mis pasos pudieran camuflarse con el llanto de aquel que me mataría; su llanto que hacía temblar a todo el edificio.
Roxana me golpeaba la espalda, tuve que dejarla bajar. Su rostro demacrado, mirándome.
- ¿Para qué, para qué esta farsa?
- Tenemos que huir, nos va a matar
- ¡Maldita sea! Tu jamás podrías ni rasguñarlo
- Vamos, no hay tiempo…
- ¿En dónde quedó tu cordura?
- …
- ¿La amabas?
Ahora era yo quién se desarmaba y renunciaba al teatro que armé. Gotas salinas salían de mis ojos, que en Roterdot al caer, resonaban al igual que los gritos. Hablé maquinalmente:
- Vamos
- Está bien – me respondió
La tomé de la mano y empezamos a flotar cuesta abajo sobre las escaleras ¿Cómo puedo llamar el sentimiento que se regó sobre nuestro rostro a la par del sudor. Los gritos seguían ahí, pero se hicieron leves, hasta que salimos del viejo edificio. Roxana empezó a caminar hacia el pueblo lentamente y yo decidí tomar otro camino, pues ya no podía sostener por más tiempo ese hipócrita sentimiento de falso héroe. Rodeé el edificio. Detrás de él había un lote abandonado que daba hacia el ocaso. Me dirigí hasta el y quedé frente a la ventana donde aún estaban él y ella…
- ¡Nunca te perdonaré Roterdot!
Aquella sentencia se regó fuera de las paredes. Fue lo último que escuché; sabía que tampoco a mí me perdonaría.
Tuesday, November 21, 2006
El día especial (versión libre de "Pedales")
Carlos despertó ese día y se quedó en la cama por una hora más. Entonces, se dijo a si mismo: “Creo que este va a ser un día especial” y se levantó de la cama, porque le sonaba el estómago. Caminó derecho hasta el calendario donde estaba la chica de marzo, le dio un beso y pensó: “que pena haber dado sólo 28 besos a Febrero”. Desayunó en medio del desorden que grasosamente lo incomodaba. Prendió la televisión y durante una hora cambió de canal para ver si encontraba algo bueno en la televisión. Eran las 12 del mediodía. Era un domingo.
Cuando estuvo listo para salir eran las 2 de la tarde y nuevamente lo que le incitaba a moverse fue el hambre. Creo que entonces pensó algo así como: si no tuviera hambre no me movería en todo el día o tengo ganas de una pizza. Al salir, vio la cámara fotográfica de su amigo el Juanchi junto a la puerta. A Juanchi no le gustaba nada que el cogiera sus herramientas, pero él no estaba. Carlos reafirmo su pensamiento de que este iba a ser un buen día, tomó la cámara de su amigo y salió.
Se subió en su motocicleta y se puso a pensar que sería interesante fotografiar en un domingo. No hay mucha gente en las calles, lo que puede ser bueno o malo dependiendo de lo que se quiera fotografiar. “Que suerte tiene el Juanchi, le toca fotografiar a esas mujerzotas… ¿cómo hará para conseguirlas? Ojalá me encontrara con una, entonces le diría: disculpa, los ojos de mi cámara tienen tan buen gusto como los míos, así que no puedo privarlos del privilegio de verte… Entonces, cuando le esté tomando las fotografías…”
El sonido estridente de un pito calló sus planes. Miró para atrás y una camioneta se venía mientras las llantas trataban de contener la furia del motor. De pronto todo fue muy confuso, la camioneta estaba parada, la motocicleta en el suelo y Carlos un par de metros más allá.
“¿Qué pasó? No me di cuenta de nada”, pensó Carlos, cuando vio al Juanchi bajarse de la camioneta. Le preguntó si estaba bien y Carlos le dijo que totalmente.
- Oye pero ten más cuidado con la moto, te puede pasar algo
- Si tienes razón. ¿¡Oye pero de dónde sacaste semejante carrocería!?
- Ah, me lo prestó el papa de mi ex
- Ah…. ¿y cómo así? ¿no que no se soportaban? – Carlos se dio cuenta de que llevaba la cámara de Juanchi colgada en su cuello – Ah, la cámara, disculpa por tomarla, ya sé que no te gusta que la coja pero…
- Tranquilo Carlos, ¡pero si hoy es un día especial! Disculpa que me vaya, pero estoy de apuro
“Si que es un día especial” pensó Carlos, mientras revisaba que su motocicleta aún estuviera en condiciones de andar. Bueno entonces, a seguir buscando algo interesante que fotografiar.
“Que día” pensaba mientras veía a la gente a su alrededor, una señora que vende los chicles está masticado uno, el taxista del otro lado de la calle no estaba manejando, sino que le prestó a su esposa el auto y él se sentó atrás mientras jugaba con sus hijos. Parecía como sí cada quien estuviera poniéndose al servicio de si mismo. “Debe ser porque es domingo” concluyó Carlos.
Cuando la calle misteriosamente empezaba a tornarse desértica, los rayos de sol marcaron un camino en la calle con el reflejo de su luz y apuntaban a una figura humana (femenina ahora que se acercaba) directamente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca logró distinguir a la chica del calendario de febrero. No podía salir de su asombro y no pudo siquiera balbucear las palabras que había planeado, al menos, pudo parar frente a ella la moto y antes de nada, ella le dijo:
- Que linda cámara amigo ¿cómo te llamas? Espera, mejor no me digas, así todo va a ser más misterioso…
- Está bien.. si justamente quería eso… tomarte unas fotografías para tenerte en mi cuarto todos los meses
- ¡Ay! Se nota que no entiendes nada. Yo soy quién te va a tomar las fotografías.
La modelo le arrancó la cámara y se puso a tomarle muchas fotografías. Él, confundido, no sabía que hacer pero decidió posar para la modelo que cada vez se emocionaba más y empezaba a perder la razón, pero al terminar se calmó totalmente. Le dijo “gracias corazón y le dio la cámara” le pidió que las revele lo más pronto posible, le dio un beso en la boca y después de unos momentos, la señorita Febrero había desaparecido.
Confundido decidió seguir su marcha. Salió de su casa con la idea de comer pero no tenía nada de hambre. Ahora estaba con una serie de fotografías de él mismo. Llegó al estudio fotográfico pero no había nadie, hasta que salió un hombre con un rostro tan ensombrecido que sus rasgos eran apenas visibles. Le pidió el rollo, Carlos le dio la cámara y este hombre se la llevo.
- ¿Oiga y cuánto se demora?
- …
- ¿Qué? No le escuché, bueno ya vuelvo
- Ya está.
- ¿Tan rápido?
- Ahora disfrútelas. Es un día especial para ello.
- Mmm....
Cada pared se iba tornando inconsistente, había algo que no estaba bien. Al abrir el sobre que contenía las fotos estaban en blanco, pero la luz al infiltrarse en el papel empezó a dibujar imágenes. Velozmente, las líneas que delimitan las formas tomaban su puesto y revelaban la imagen. Era el mismo ensangrentado en el suelo. Miró otra fotografía y era su motocicleta en el suelo junto a la camioneta que lo había chocado. En otra estaba rodeado de gente y él apenas podía abrir los ojos para comprender lo que sucedía. Empezó a invadir el lugar un sonido agudo intermitente que hacía eco en todas partes, y que cada vez se aceleraba más. Soltó las fotografías; no se vio a si mismo en una de ellas subiendo a una ambulancia.
Las paredes perdían su forma rectilínea ligeramente para tornarse curvas por segundos, luego volvían a la normalidad. Carlos empezó a correr a la misma velocidad a la que iba perdiendo el control. En una columna que sostenía una casa inmensa encontró su calendario. Las hojas se arrancaban violentamente del calendario: enero, febrero, marzo abril… hasta diciembre que llegó con un viento que tenía olor a sangre. El sonido se iba acelerando a medida que su corazón latía con más fuerza. La chica de diciembre le miró a los ojos y le dijo: “¿Qué pasa nene? ¿Vas a irte sin darme el último beso?” Carlos se miró y su cuerpo estaba con varias heridas, todo alrededor empezó a desvanecerse, mientras la chica del calendario se envejecía frente a sus ojos. Al final, sólo pudo escuchar aquel sonido agudo de corrido... Esta vez, tomándose todo el lugar indefinidamente.
Sunday, October 01, 2006
Ocasiones pequeñas
El metrobus no va más rápido ni más lento que de costumbre. Las calles, bañadas de colores amarillos que sin mirar al cielo, dan cuenta de su azul. A esta hora no hay mucha gente y la tranquilidad gana un poco de territorio, un asiento cerca mio queda libre, pero el dolor de piernas de la señora a mi lado la vuelve más ágil. Sigo en el mismo sitio.
En camino a la otra parada el silencio no es incómodo sino la costumbre. Las pocas personas de pie, huyen de las ventanas que escupen calor mientras las llantas se detienen. Iba acomodando mis ojos mientras mi cabeza trataba de acostumbrarse al momento. La vi, y talvez no la hubiera humanizado tanto si no fuera por que en ese momento sostenía un pan solamente con la boca.
Así empezó la historia, ella nacía humana, no divina. Entró por la puerta del bus y se colocó en una zona con respecto a mi orgullo en el cual este no se perturbaba al verla. La máquina sobre la que estábamos empezó a avanzar, pero ella apenas despertaba de su última mordida que le dio a su pan antes de guardarlo en una funda. Ese momento no me puse a divagar acreca de porqué tenía mucha hambre y porqué no esperaba un poco para comerlo después, sólo pensaba en como mirarla sin que yo sepa que ella sabe que la estoy mirando.
Y logré mi objetivo, pero cuando salí de mi encierro mental, me di cuenta de que ella miraba a alguien más. Era un hombre sentado detrás mío, que a diferencia de mis cálculos insignificantes, la miraba de manera en que ella y él sepan, que la está mirando. La cosa es que simplemente ella había comido el pan porque tenía hambre.
Pero como dije, la rubia de ojos melosos, uniformada de gris oficina, nació humana. Sostenía la funda blanca que guardaba el pan, y además su mirada del múltiple asecho. Un asiento quedó libre entre los dos, sin que ninguno de nosotros se inmutara. Yo no quería dejar de verla, ella estaría cerca de su parada.
Entonces el metrobus empezó a detenerse y ella a acomodarse. También el hombre detrás mío se paró violentamente, mientras las puertas se abrían frente a ella. Se bajaron los dos, concentrados entre ellos. Cuando el bus comenzó a moverse nuevamente vi que a ella se le cayó su funda blanca y él, concentrado de ella la recogía. Mientras yo pensaba en como ella le dio el primer mordisco al pan, veía como el se llevaba el resto del pan, tálvez él le de él último mordisco, mientras se lleva los papeles que se le arrancaron a esta historia.
Friday, July 28, 2006
Metrónomo
En la iglesia de mi barrio, a la banda que toca en la iglesia se le olvidó el metrónomo prendido en plena misa, y por alguna razón extraña este estaba amplificado levemente para que todos podamos oírlo, pero de manera que apenas estorbe en la misa. - Hermanos, hay quienes dicen que no importa en que Dios creamos, que todas las religiones alaban a un solo Dios. Pues déjenme decirles, hermanos católicos que quien calumnie de esta manera a Dios está cayendo en una terrible equivocación. Nuestra religión es la que está en lo correcto, y nuestra misión es crear conciencia en las otras religiones para que recapaciten y se den cuenta de su error. ¿Cómo explicar que el metrónomo, automaticamente disminuyó su velocidad y la misa llevaba un tempo infinitamente inmenso? - Ahora, hermanos, vamos a recolectar el dinero para la campaña que estamos realizando para erradicar la pobreza, y además, para los retiros que se van a dar en este mes. Y la gente, que guarda sus heréticos comentarios, deposita la moneda de un dolar que los va a salvar del infierno. A la salida, el mismo mendigo de todas las semanas, con la misma ropa, pidiendo la limosna. El metrónomo vuelve a la normalidad y las personas evitan mirar al desgraciado. |
Friday, July 21, 2006
Las Revelaciones
| Tres sabios vivían en un pueblo de una época distante. Ellos discutían acerca de su Dios, pero su mayor incógnita radicaba en como hacer que la gente conociera su doctrina. Pítaco, uno de ellos, decía que todos debieran purificar sus almas y pensamientos, liberarlos de sus deseos carnales. Quilón, pensaba que descubrir el mejor "método" no era cuestión de la vida, que eso sólo sería del conocimiento de Dios, y que únicamente sabrán la verdad cuando mueran. Bías pensaba que había tanta gente ignorante, que jamás aprenderían, sería mejor eliminarlos, para que sólo queden los mejores. Lejos del pueblo, existía un templo, pero al quedar oculto entre bosque y los pensamientos ofuscados por lo cotidiano, se había perdido, incluso casi convertido en leyenda. Los tres sabios decidieron buscar aquel templo abandonado por la memoria, apenas visible gracias al ocio de los pensadores. Ya que esta no es una historia de aventura, no describiré las peripecias, que durante varios ciclos de luna ocurrieron. Lo importante es que una de esas noches de búsqueda incansable, encontraron aquel mítico lugar. También descubrieron que estaba más cerca de lo que pensaban. Una luna en el cielo crea sombras pálidas en la fría y seca tierra. Bajo ella, tres eran: Pítaco, Bías y Quilón. Arrodillados en este casi neutro suelo, mirando hacia abajo con los ojos, al cielo con el pensamiento, glorificando algo que no podían ver ¿pero cómo decir que no existe? Se incorporarón y se miraron entre sí. Talvez con la luz del sol descubrirían respuestas en las paredes o en algún lado. El templo, lejano a la ciudad los miraba protectoramente, no sólo en cuerpo sino en alma. Pítaco ofrecío, de lo que les quedaba de provisiones, la tercera parte, a los que Bías dijo: - ¿Piensas comerte los otros dos tercios tú solo? - ¿Desconfías?-dijo Pítaco- es para los tres, en dos días, ya estaremos en casa. Quilón confiaba en secreto en Pítaco, los invitó a dormir dentro del templo, afuera había mucho peligro. Esa noche, Bías fue el último en dormir. Su madre casa, techo, el santuario, regaló imágenes y palabras, para entender lo que no se puede ver en sí mismo, para ver lo que adoraban, para contemplarlo, su madre les habló en un lenguaje común, el sueño. El primero en soñar fue Quilón, quién vio a su Dios en forma de una luz y el mismo era una cuerda, una mecha encendida por uno de sus extremos. Entonces preguntó a la luz: Señor, ¿qué pasará cuando el fuego termine de recorrerme? Una voz le respondió: La última chispa que de tí brote caerá en un semejante tuyo. Al final el último destello caerá sobre mí, que estoy en todo lugar. Pítaco, se vio a sí mismo como una balanza, en una mano sostenía a su Dios, en la otra, la oscuridad, le dijo al lado claro que sostenía: Señor, ¿debo soltar el mal? Una voz le respondió: Tus brazos están ahora en equilibrio, ¿acaso quieres perder a tu Dios no teniendo otra forma de sostenerme? Bías, quien tuvo la última revelación, notó que, entre sus manos sostenía una esfera dorada, esferas sobre las cuales también caminaba, hacia una gran palacio cuyas puertas estaban hechas para recibirlo. No era el único, miles de personas a su alrededor tenías estas joyas, debían arrojarlas en el palacio, pero muchos de ellos se rendían antes de llegar. Bías gritó en dirección hacia el templo: Señor ¿por qué permites que te desobedezcan? Una voz le respondió: Estás parado sobre su desobediencia, sin ella, no podrías llegar a mí. Los tres despertaron asombrados, pero nadie escuchó realmente lo que quería, por lo que se guardaron sus enseñanzas, para luego, liberados del ego poder impartir su nueva sabiduría, por separado, al pueblo. Cuando llegaron, las personas creyeron que estos hombres estaban locos, que el hambre había hecho que perdieran la cabeza. Los sabios se dieron cuenta que la única forma de que vieran a su Dios era llevando la gente al templo. Pero la gente estaba tan ocupada con sus quehaceres diarios, que pasarían siglos antes de que alguien volviera a pisar el templo (aún teniéndolo frente a sus narices), otra vez. |
Tuesday, June 27, 2006
La mortal e intrascendental batalla
| Estaba sentado en mi cama, cuando de casualidad noté algo diminuto e inexplicablemente llamativo que se movía sobre ella. Primero pensé que era una nueva especie de insecto (situación que no es rara para mí en esta tierra tropical), pero me acerqué y me di cuenta que a falta de uno, eran dos, una muy conocida hormiga y un muy conocido mosquito, este último de esos muy pequeños, los "tilingos". La pequeña hormiga, sostenía al otro insecto con unas tenazas imposibles de distinguir, pero que tenían la fuerza suficiente como para impedir al mosquito que escapase, este último desesperadamente tratando de salvarse. La manera tan aferrada del tilingo de luchar por su vida me conmovió, entonces decidí liberarlo de su cruel destino. Me quedé observando unos segundos más, y descubrí otra situación. Me puse a pensar en la hormiga, cuanto esfuerzo hacía para llevar el alimento a su colonia, luchaba con un ser más grande y sin embargo no cedía. Otro detalle, la hormiga apenas avanzaba. Lo cual significaba, que su esfuerzo era en vano, aunque nunca llegaría a ningún sitio, no pensaba rendirse. Entonces quise llevar a la hormiga al suelo, seguramente así sería mucho más fácil llevar su presa a su destino, tálvez lleguen otras hormigas, quien sabe.... Pero no, no era justo que yo interviniera. Ambos luchando por sus vidas y yo, intercediendo estaría muy mal. Lo más justo me pareció dejar que entre ellos se decida su destino. Traté de alejar mi mente de esta mortal y a la vez intrascendental batalla, pero no pude. La inducción me llevó a lo obvio, ambos morirían. Decidí practicar la eutanasia. La vida no tiene sentido. |
Monday, June 12, 2006
Nadie de testigo
Los gritos ya son familiares, pero los rostros son aún desconocidos. Eso cuando no hay nadie en la casa, es decir cuando sólo hay una persona, si no hay alguien ¿cómo podemos decir que no hay nadie?
Es entonces cuando su voz se manifiesta, tan reverberada que es costoso descifrar su contenido verbal, a diferencia de saber lo que está diciendo. Son gritos, insultos y golpes, todo en una armonía llamada maltrato, definitivamente existe el equilibrio. Si, hay sentido cuando al final del conjunto, hay un llanto, entonces las palabras sobran dentro de la explicación, el llanto, más agudo, choca con las paredes y al llegar a las orejas las hace vibrar debido a aquello que llamamos compasión.
A nadie le gusta estar solo(a) en este lugar, por eso conversamos o escuchamos la respiración del otro, es suficiente. Y a veces nos culpamos por no hacer nada al respecto, pero no sabemos si los golpes son parte de su cultura, si eso lleva a una determinada conducta, fruto del esfuerzo de maltratar a su propia sangre. Mientras las generaciones son más antiguas, más parcas las personas ante la agresión de un niño por parte de la figura paternal.
Pero eso no es razón suficiente, el motivo debe ser otro. La verdad es que no se sabe de donde vienen el grito y los llantos en su respectivo orden, cuando salimos de la casa, no escuchamos nada, jamás hemos visto un niño en este barrio apáticamente tranquilo. Hemos visto ciertos rostros, pero nuestro camino continúa, pues nada en su expresión amarga y cotidiana nos da algo en que pensar.
Lunes. Día en que no había nadie aquí, yo estuve para confirmarlo. Esta vez los golpes se materializaron al punto de dar vida a una imagen. En este orden, pasos acelerados (zapatos formales o de colegio del lunes), puerta bruscamente cerrada, nudillos pidiendo salvajemente paso, madera rompiéndose, grito escalofriante (era una niña, ahora lo sabía), pasos tan pronunciados, golpes, muebles arrastrados, aullidos en forma de sal de ahí, golpes, ruegos, más golpes, silencio.
Tal silencio, las ventanas no enseñaban nada. No, nadie sacando un cadáver, nadie enterrando nada como en las películas. El silencio, que tenía forma de ruido sentenció este lugar para siempre, ya ni nosotros nos escuchábamos. Creímos haber perdido el sentido del oído, me pareció en vano decir algo. No sabíamos si había alguien en aquel utópico lugar, pues nadie estaba ahí para confirmarlo. A falta de oído, fuimos desarrollando el sentido del olfato. El olor a muerte era tan insoportable, que simplemente no volvimos a ese espeso lugar.
Wednesday, June 07, 2006
El drama del desencantado
...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.
FIN
Cuento de Gabriel García Márquez
fuente
Sunday, March 26, 2006
Es solo agua
David miraba a su madre molesto. Sostenía con una mano una botella que ella le había comprado para el viaje al pueblo donde vivía la abuela, un recorrido por la cordillera que a lo sumo duraría tres horas. Susana, madre de David, no tenía tiempo para mirar sus gestos, se fijaba en que nada faltara: cepillo de dientes, zapatillas, gafas, bloqueador solar... mientras el tiempo hipoóritamente se escabullía de sus manos.
- Mami yo no queríua agua, sabe feo- y dicho esto, David tomó un bocado de agua y lo escupió
- ¿David que te pasa? no me molestes ahorita, ya me tocó llamar a un taxi para llegar a tiempo
- ¡Ya no quiero ir, te dije que quería coca cola!
- Agarra tu maleta y cierra la boca. Vamos.
Y es ahí el punto en que, después de unos segundos la madre se siente mala madre, agresora. He ahí el punto en el hijo, reafirma sus casi perdidas esperanzas de albergar el puesto principal en el centro del pequeño Universo. La madre, en el taxi, le pide perdón a su hijo.
Taxista y señora, ambos dando una opinión sobre el tráfico, los segundos iban delante en la calle. El taxista, con una casi oculta sonrisa ayuda a bajar las maletas a Susana, luego, se despide con un cariño extra, nada grosero pero para David fuera de lugar, lo que más le molesto fue la sonrisa que su madre le regaló a aquel flaco y extraño bigotudo.
- Te dejas faltar al respeto
- El señor solo está siendo amable
No hubo tiempo para nada, apenas se subieron madre e hijo al bus, este comenzó a andar. Mamá tu me prometiste comprarme aunque sea un tampico, le decía a su madre este niño de diez años, que, a juicio de muchas señoras en el bus era una conducta reprobable. Hijo, en el camino se suben vendedores....
Pero este niño no veía ningún vendedor cerca, y a pesar de que por alguna axtraña razón el liquido en sus manos le tentaba a ser bebido, hizo el ademán de querer botar la botella por la ventana.
- ¡Dame la botella David! Si no la quieres me la tomo yo
Al decir esto, puso la botella en un compartimento superior del bus.
Como era obvio, ningún vendedor apareció en esta carretera, a diferencia de muchas en este país, es totalmente seca y despoblada, un largo camino que durante casi todo el recorrido se desenvuelve entre altas montañas, grandes precipicios y carreteras sumamente estrechas. Además, las vías son conocidas por ser sumamentte peligrosas, y debido a ello, muy propensas a accidentes, que si no es esta vez, alguna vez será.
Pero el accidente si sucedió esta vez. El bus, paralelo a la relación madre-hijo dentro del mismo, bordeaba una situación adversa. Pero la tragedia se adelantó a cualquier disculpa, a cualquier arrepentimiento. Un gran hueco en medio de la pista, que el chofer quiso esquivar lo mando hacia el otro carril, que lo mando hacia un camión que apenas hacía su aparición detrás de la montaña, que lo mando hacia fuera de la carretera, el vacío.
Los murmullos cesaron, los gritos,las maldiciones. Pero no el aliento, ni el último pensamiento de el único sobreviviente, David. Quiso moverse, pero un tubo había atravesado su pierna, dejándolo ahí atrapado, con el cuerpo de su madre, que esta vez no reaccionó con euforia, cuando las lagrimas de su niño le caían en el cuerpo.
Pasaron dos días para alguien que tiene una vida normal, pero quien sabe cuantas eternidades para David, escuchó gritos de gente afuera, pero su garganta ya no emitía sonido alguno, ya no le importaba. Tuvo un día para pedirle perdón a su madre, pero este era para tratar de seguir vivo. El dolor no fue suficiente para calmar su hambre, ni su sed. Casi todo el segundo día se pasó observando la botella que milagrosamente seguía casi en el mismo sitio, ahora, justo arriba de él.
Con su última fuerza pudo sentir moverse al bus, la botella se dejó caer en el cuerpo de su madre. David no podía mover un solo dedo, estaba tan cansado. Pero su madre sostenía la botella en sus piernas, David quiso pensar, que esto significaba que ella lo había perdonado.